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Sobre la presencia cultural de Estonia en España


Hasta hace poco Estonia, como país, como pueblo y como cultura, era prácticamente desconocida en España. Por el hecho de haber pertenecido –involuntariamente– a la periferia del gran Imperio soviético durante casi medio siglo, había quedado “borrada” de la memoria europea y universal.

Los contactos entre ambos países han aumentado de manera espectacular en todos los terrenos –oficial, económico, humano, cultural, etc.– a partir, sobre todo, del restablecimiento de la independencia política de Estonia (1991) y de la incorporación del país en la Unión Europea (2004). Es suficiente mencionar solo un detalle relevante: en la Universidad de Tartu, el máximo centro educativo de Estonia, hay actualmente más de cien estudiantes inscritos en los estudios de filología y cultura hispánicas. Además, a través del programa Erasmus-Sócrates de la UE se han establecido acuerdos de intercambio de estudiantes y profesores entre la Universidad de Tartu y ocho universidades de España.

La presencia cultural de un país en otro, sin embargo, se ha manifestado pocas veces en los últimos quince años (los años transcurridos desde la nueva independencia de Estonia). Las referencias más profundas y permanentes de una cultura requieren al menos un siglo, o más, para madurar. Entre estas referencias culturales “maduras” que, sin duda, van a perdurar y crecer con el tiempo, quisiera destacar tres, en lo que respecta a la presencia cultural de Estonia en España.

Quiero referirme, en primer lugar, al prototipo de Basilio Soulinake, conocido personaje de Luces de bohemia de Valle-Inclán. Era nada menos que Ern(e)st(o) Bark (1858-1922), polifacético y fecundo escritor coetáneo de la Generación del 98, autor de casi medio centenar de libros escritos directamente en castellano, gran amigo de Alejandro Sawa y una de las figuras clave de la bohemia madrileña de finales del siglo XIX. Nació en un pueblecito estonio cerca de Jõgeva, a 50 kilómetros de Tartu. Era de origen báltico-alemán, simpatizaba con el movimiento del “despertar” nacional de Estonia y, adelantándose a su tiempo, soñaba con una federación independiente de Países Bálticos. Perseguido como rebelde por el régimen zarista, huyó al extranjero y en 1884 se estableció en España, donde se casó con una andaluza y siguió con sus agitadas actividades socio-políticas y sus escritos político-culturales.

España todavía está por descubrir a Bark como uno de los introductores del pensamiento “eurosocialista” y como un apasionado luchador por la democracia y la justicia social. Adelantándose una vez más a su tiempo –y a Ortega y Gasset–, aludía a la decadencia de las sociedades en las que, aun siendo poderosas económicamente, se menospreciaba la cultura. Al igual que haría más tarde Ortega y Gasset, subrayaba el papel de la cultura como el máximo principio alumbrador en el caos de la vida.

Las otras dos referencias que desde Estonia han alcanzado a España son más recientes. La obra de Iuri M. Lotman (1922-1993), el gran semiótico de Tartu, ha sido interpretada en su contexto “fronterizo” sólo a partir de la recuperación de la independencia de Estonia. Lotman integra en el universalismo de la semiótica un rasgo inconfundiblemente idiosincrásico que se deriva de su propia condición “fronteriza” y periférica. Dudo que hubiera compartido el entusiasmo mostrado por su amigo Umberto Eco ante la perspectiva de una Europa multirracial en que las distinciones nacionales se difuminan gradualmente (por lo menos en el sentido “ecológico” de las semiosferas, que tanto apasionaron a Lotman en la última etapa de su vida).

La tercera referencia cultural estonia que ha sobresalido en España está representada por dos novelas históricas de Jaan Kross (1920-2007), publicadas por la editorial Anagrama: El loco del zar (1992; en estonio, 1978) y La partida del profesor Martens (1995; en estonio, 1984). Durante dos últimas décadas de su vida Kross fue el candidato “permanente” al premio Nobel de literatura. La recepción internacional de su obra es notable, a pesar de la perpetua barrera comunicativa o de la dificultad general para traducir obras de lenguas minoritarias –como el estonio– a los idiomas más divulgados internacionalmente. La “otredad” estética que Kross ha introducido en el género de la novela histórica (que, por  cierto, sobreexplotado de mala manera) es la cualidad introspectiva. Los monólogos interiores de sus personajes permiten al lector penetrar en lo más hondo del ser histórico “fronterizo” o, dicho en otras palabras, el lector puede penetrar en este micromodelo de la conciencia dialógica cuyos gérmenes se vislumbran igualmente potentes en otras zonas “fronterizas” mayores, como, por ejemplo, la España histórica. El hecho de que estas cualidades dinámicas de la obra de Kross han sido altamente apreciadas en España queda confimado por las excelentes reseñas que aparecieron en la prensa española sobre El loco del zar, redactadas por críticos tan destacados como Carlos García Gual, Ángel García Galiano, J. Ernesto Ayala-Dip y José María Latorre, entre otros.

En los últimos años se ha manifestado en España un fecundo y esperanzador entusiasmo “periférico” por la cultura estonia. Basta mencionar sólo dos ejemplos. En 2002 se publicó en Santiago de Compostela una antología representativa de la poesía estonia contemporánea en lengua gallega, Vello ceo nórdico, que incluye también los poemas en estonio e inglés. Por otro lado, la Casa de l’Est, en Barcelona, ha acumulado en sus páginas virtuales una información abundante y generosa, en catalán y en castellano, sobre diferentes aspectos de la cultura estonia y su recepción tanto histórica como actual en España.


Jüri Talvet

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